Los orígenes del Retiro: el palacio de Felipe IV


Felipe IV

En 1621 accede al trono de España el cuarto de los Habsburgos españoles, Felipe IV. El joven rey tiene la intención de gobernar por sí mismo, pero muy pronto comprobará que los asuntos de Estado y la diversión son incompatibles, de suerte que delegará los primeros en manos de su valido, don Gaspar de Guzmán, el Conde Duque de Olivares.

Precisamente para el recreo del rey y su corte, surge la idea de construir un palacio próximo a la residencia oficial del Alcázar Real de Madrid. El lugar elegido para la nueva edificación será el Prado Alto de San Jerónimo, junto al monasterio de San Jerónimo el Real, donde ya, desde tiempos de Felipe II, existían unas dependencias denominadas “Cuarto Real”, que servían de retiro a los reyes con ocasión de lutos y cuaresmas.

El proyecto toma fuerza y tanto rey como valido vuelcan sus esfuerzos en acabar pronto la obra. Surge así un palacio de grandes dimensiones, cuyas obras son encargadas al italiano Juan Bautista Crescenzi y, a su muerte, al español Alonso Carbonell. 

La urgencia obliga a trabajar sin un proyecto bien definido y a la utilización de materiales pobres, como el ladrillo, lo que dará al nuevo real sitio una apariencia que desmerece la pompa del Rey Planeta. Pero si el exterior palaciego adolece de insuficiencia, tanto el interior como los jardines presentarán un aspecto de lujo acorde con la fastuosidad de la monarquía más poderosa de Europa.

Para hacernos una idea de la riqueza de la decoración del palacio basta recordar algunas de las obras pictóricas que colgaron de sus muros y hoy se conservan en el Museo del Prado y otros museos españoles. Obras como la Rendición de Breda, de Velázquez, o la serie de retratos ecuestres del mismo autor representando a Felipe IV, su esposa, sus padres y su primogénito, o los Trabajos de Hércules, de Zurbarán, fueron pintados expresamente para el palacio; otras, salidas de los pinceles de Tiziano, Rubens, Ribera, Claudio de Lorena o Poussin, se adquirieron en diferentes ciudades de España, Italia y Flandes.

Pero el nuevo palacio no pretendía ser la residencia permanente del rey, sino únicamente su refugio, de ahí su nombre: Palacio del Buen Retiro, el lugar a donde se retiraba el rey, no a meditar o a hacer penitencia como sus abuelos, sino a todo lo contrario, a divertirse, a recrearse con juegos y fiestas. Con este objeto se construyeron edificios, como el actualmente conocido como Casón del Buen Retiro, que fue el Salón de Baile, o el desaparecido teatro del Coliseo. El resto de la construcción se disponía formando patios, diseñados para la celebración y la contemplación de las más diversas fiestas: corridas de toros, luchas de fieras al estilo de los antiguos romanos, justas y torneos de reminiscencias medievales... Los vastos jardines, con sus fuentes, ermitas, estanques y canales sirvieron de escenario a representaciones teatrales, conciertos y juegos cortesanos, pantagruélicos banquetes, festivales de fuegos artificiales, placenteras navegaciones o incluso incruentas naumaquias en el Estanque Grande.

Evidentemente la construcción del palacio y el mantenimiento de sus espectaculares diversiones requerían unos gastos que repercutían en el pueblo:

No había en cuanto alumbra el Sol
monarca más festejado
ni pueblo más estrujado
que el pobre pueblo español.


Conjunto palaciego del Buen Retiro en sus orígenes.


Cuando Felipe IV accedió al trono, España ostentaba la hegemonía en Europa. Al final del reinado, las glorias del Rey Planeta se habían eclipsado ante las de su yerno el Rey Sol, Luis XIV de Francia. Felipe IV dejaba en herencia sus exhaustos estados a un niño enfermizo de cuatro años: Carlos II.


Carlos II

Carlos II siguió disfrutando del Retiro en sus primeros años de reinado, especialmente porque las distintas facciones que se enfrentaban por el poder querían lograr los favores del rey niño:

El festejar con sainetes
a su Rey un gran señor,
no es mucho, que es niño amor
y se vale de juguetes.


Si bien los festejos no alcanzaron en pompa y suntuosidad a los que se celebraron en tiempos de Felipe IV, se siguieron llevando a cabo espectáculos, especialmente obras de teatro en el Coliseo. Pero la actuación más relevante en el Retiro durante este reinado fue la decoración al fresco de la bóveda del Salón de Baile (actual Casón del Buen Retiro), realizada por Luca Giordano sobre el tema del Toisón de Oro.

Bóveda del antiguo Salón de Baile (actual Casón), pintada por Luca Giordano.


De aquel reinado, se conserva también en el Retiro la puerta que sirve de acceso al parque por el Parterre, que sirvió de arco triunfal para la entrada en Madrid de la segunda esposa del Rey Hechizado, doña Mariana de Neoburgo, en 1690.

Contra todo pronóstico, Carlos II alcanzó la edad de treinta y ocho años, aunque no logró descendencia de ninguna de sus dos esposas, dejando vacante el trono de España. La Guerra de Sucesión estaba servida.

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